Uno de los mitos más populares en la sociedad, es la idea de la motivación es algo que surge de manera espontánea, y que es algo que tengo que esperar que llegue para que me permita hacer las cosas que quiero. En lo cotidiano se manifiesta cuando llevas pensando en hacer algo desde hace algunos días, por ejemplo, poder hacer actividad física. Muchas veces, lo planeas y te propones iniciarlo lo antes posible, pero llega el momento y no encuentras esa motivación, ese impulso del momento para hacer. Se va acercando la hora o el momento que te habías propuesto, y esta no llega. Te quedas esperando.
La idea de la motivación como algo que emerge y me empuja hacer cosas, es una idea que se ha integrado en nosotros y en la sociedad, y es que es una idea bastante intuitiva, ¿no? de cierta forma nos hemos visto a nosotros mismos altamente motivados a hacer algo en concreto, ¿Por qué no esperar lo mismo?
Sin embargo, lo que la experiencia nos enseña (y la vida, si aprendemos a observar) es que la motivación no es una expresión espontánea que emerge de manera pasiva ante el mundo. Es decir, quedarnos esperando a que llegue suele ser justo lo que menos nos acerca a lo que queremos. Para motivarnos es necesario poder ser activos, atreverse a tomar acción y explorar todo aquello que nos conecta con la actividad que queremos hacer, y permitir entrar en contacto con esa experiencia, es ir poco a poco acercándonos a lo que deseamos.
Es en la interacción activa con el mundo donde logramos encontrar todo aquello que nos motiva, y lo mejor es que podemos aprender a hacerlo, gracias a que tenemos un gran recurso en nuestras vidas: la capacidad de observar nuestra historia, a nosotros mismos y al mundo, y es allí donde vamos a encontrar las claves para aprender a motivarnos.
¿Entonces por donde empezar?
No esperando el impulso, sino provocando el
encuentro. Elige una de esas cosas que llevas tiempo aplazando y acércate un
poco, sin exigirte terminarla: cámbiate de ropa y camina cinco minutos, abre el
curso y mira la primera clase, saca la bici del rincón. No para cumplir una
meta, sino para observar qué aparece cuando entras en contacto con eso que
deseabas.
Y ahí la observación se vuelve tu
mejor aliada: nota qué se despierta al moverte, qué te conecta y qué te aleja,
en qué momentos y con qué actividades aparece algo de impulso. Esa información
—la que solo obtienes actuando— es la que te va mostrando el camino hacia lo
que te motiva.
Porque la motivación rara vez
llega antes del movimiento; casi siempre nace dentro de él. Y cuando aprendes a
observarte, dejas de esperar a tener ganas… y empiezas a cultivarlas.

